Capítulo 2 del libro que estoy escribiendo
¿Te perdiste el anterior? Episodio 1: El día que dejas de esperar
En el capítulo anterior te decía que una de las cosas que más esperamos es tener más tiempo.
Tengo una noticia buena y una mala.
La buena: ese tiempo existe. Ya lo tienes. Te lo dan gratis todos los días.
La mala: está escondido entre las nueve de la noche y las doce, y lo estás gastando en otra cosa.
Dos franjas de tres horas
Todos tenemos dos franjas de tres horas que casi nadie mira con atención.
Una va de 5 a 8 de la mañana.
La otra va de 9 a 12 de la noche.
Las dos duran exactamente lo mismo. Las dos son tuyas. Nadie te las reclama, ni tu jefe, ni tus clientes, ni el colegio de tus hijos.
Pero no valen lo mismo. Ni de lejos.
Y creo, de verdad, que buena parte del éxito de una persona, en lo personal y en lo profesional, se explica por cuál de las dos elige vivir.
Lo que pasa de 9 a 12
Seamos sinceros. ¿Qué haces tú de nueve a doce?
Has trabajado todo el día. Has tomado decenas de decisiones. Has contestado mensajes, has resuelto problemas, quizá has discutido con alguien. Llegas a la noche con la batería en rojo.
Y con la batería en rojo, el cerebro pide lo fácil.
El móvil. Una serie. Otra serie, porque la primera terminó con un final abierto. Redes sociales. Algo de picar. Una partida rápida. Otra, porque la anterior la perdiste por mala suerte.
Nada de eso es malo en sí mismo. El problema es que a esas horas casi nunca eliges. A esas horas, eliges lo que menos esfuerzo cuesta.
De nueve a doce no estás construyendo tu vida. Estás recuperándote de ella. Y muchas veces ni siquiera eso, porque la pantalla te tiene despierto más de la cuenta y te acuestas más tarde de lo que querías.
Lo que pasa de 5 a 8
Ahora imagina la otra franja.
Son las cinco y media. La casa está en silencio. La calle está en silencio. Tu móvil está en silencio, porque el resto del mundo duerme y nadie te escribe.
No hay correos urgentes. No hay reuniones. No hay notificaciones. Nadie te necesita todavía.
Tu cabeza está descansada. No has tomado aún ni una sola decisión, así que las tienes todas por estrenar.
Es el único momento del día en el que el mundo te deja en paz.
Y en esa calma pasan cosas que de noche no pasan:
Puedes sentarte diez minutos sin hacer nada y escuchar lo que piensas de verdad.
Puedes escribir qué quieres conseguir hoy, esta semana, este año. Con calma, sin prisas.
Puedes entrenar antes de que nadie te pida nada.
Puedes leer y que lo que lees se quede.
Puedes trabajar dos horas en lo importante, en eso que nunca es urgente y por eso nunca haces, antes de que empiece el ruido.
De noche gestionas el día que ya pasó. Por la mañana diseñas el que viene.
No se trata de dormir menos
Aquí quiero parar un momento, porque es donde casi todo el mundo se equivoca.
Levantarse a las cinco no significa dormir cinco horas y presumir de ello. Eso no es disciplina. Es una forma lenta de estropearte la salud, el humor y las decisiones.
Se trata de mover las horas, no de quitarlas.
Si quieres levantarte a las cinco y dormir siete u ocho horas, la cuenta es muy sencilla: tienes que estar en la cama sobre las nueve y media o las diez.
Y ahí está la verdadera decisión. No es «¿me levanto a las cinco?». Es:
«¿Estoy dispuesto a renunciar a mis noches?»
Porque las tres horas de la mañana no se sacan de la nada. Se le quitan a la noche. Son exactamente las mismas tres horas, movidas de sitio.
Mismo tiempo. Mismo sueño. Otra vida.
El chinchón de mi madre
Te voy a contar algo de mi madre. La quiero muchísimo, y precisamente por eso me permito contarlo.
Mi madre se levanta cansada. Casi todos los días.
Y casi todos los días se pregunta lo mismo: «¿Por qué estaré tan cansada, si no he hecho nada?».
Yo sé la respuesta. Y ella también, aunque no le guste.
Por la noche, cuando todo el mundo se ha ido a dormir, mi madre juega al chinchón en el móvil.
«Un ratito», dice.
El ratito son dos horas.
Y no lo hace por vicio, que conste. Lo hace porque es el momento del día que más disfruta. Está tranquila, nadie le pide nada, gana alguna partida, pierde otras, se pica. Es su momento.
Lo entiendo perfectamente. De verdad.
Pero luego se acuesta a la una. Duerme peor, porque la cabeza sigue repartiendo cartas. Se levanta cansada. Ese día tiene menos energía para caminar, para cocinar algo bueno, para quedar con alguien. Y esa noche, como está cansada y el día ha sido flojo, ¿qué es lo que más le apetece?
Exacto. Una partidita.
Eso no es un mal día. Es un círculo.
Y lo más curioso es que, cuando se pregunta por qué está cansada, repasa todo lo que hizo durante el día y se olvida de lo único que lo explica: las dos horas de chinchón.
Hagamos una cuenta rápida, que a mi madre no le va a gustar.
Dos horas al día son 730 horas al año.
Eso son treinta días enteros. Un mes completo, día y noche, jugando al chinchón.
Si mi madre leyera esto, me diría: «Hijo, pero es que me gusta».
Y tendría razón. Le gusta.
Pero que algo te guste no significa que te convenga a esa hora.
La excusa más bonita del mundo
Todos tenemos nuestro chinchón.
Para unos es la serie. Para otros, el fútbol, el scroll infinito, la cervecita de las once o «revisar un par de cosas del trabajo» que acaban siendo dos horas de correo.
Y casi todos lo defendemos con la misma frase:
«Es que es el momento del día que más disfruto».
Es la excusa más bonita del mundo, porque es verdad. Y precisamente por eso es tan peligrosa.
Disfrutar está bien. Descansar está bien. Una buena vida necesita juego, risa, series malas y partidas de cartas. No todo es trabajo, ni debería serlo. Lo dije en el capítulo anterior y lo mantengo.
Pero si tu momento favorito del día es justo el que te roba el sueño, la energía y la mañana siguiente, quizá merezca la pena preguntarte si de verdad lo estás disfrutando o si simplemente lo estás usando para no pensar.
La cuenta que casi nadie hace
Ahora hablemos de algo que sí importa a mucha gente que me lee: el dinero, y la libertad de dejar de trabajar algún día por obligación.
Si quieres poder retirarte a los cuarenta o a los cincuenta, o simplemente trabajar porque quieres y no porque te toca, vas a necesitar construir algo. Un negocio, una carrera muy bien pagada, un patrimonio, una habilidad que el mercado pague caro.
Y construir algo así requiere horas. Horas de calidad, con la cabeza fresca, sin interrupciones.
Tres horas al día de cinco a ocho son más de 1.000 horas al año.
Con mil horas al año puedes aprender un idioma, montar un negocio paralelo, escribir un libro, ponerte en la mejor forma de tu vida o convertirte en alguien muy bueno en lo tuyo.
Y no se las estás quitando a tu familia, ni a tu trabajo, ni a tu descanso.
Se las estás quitando al chinchón.
«Es que yo no soy de mañanas»
Lo sé. Lo he oído mil veces. Y es posible que sea verdad.
Hay gente que trabaja de noche, que tiene turnos, que tiene bebés que deciden por ella a qué hora se duerme en esa casa. Y hay personas que de verdad rinden mejor tarde. No todo el mundo funciona igual, y no pasa nada.
Si es tu caso, la idea sigue sirviendo. No se trata del reloj. Se trata de esto:
tus mejores horas tienen que ir a lo que más importa, no a lo que menos cuesta.
Pero te pido una cosa antes de decidir que «no eres de mañanas»: compruébalo de verdad. Dos semanas. Acostándote pronto, sin pantalla en la cama. Mucha gente que dice que no es de mañanas en realidad es de noches con móvil.
Cómo empezar sin morir en el intento
No hace falta que mañana pongas el despertador a las cinco. Eso suele durar tres días y un mal humor espantoso.
Hazlo así:
- Empieza por la noche, no por la mañana. La mañana se gana la noche anterior. Fija una hora para meterte en la cama y respétala como respetarías una reunión importante.
- Saca el móvil del dormitorio. Cómprate un despertador de diez euros. Es la inversión con mejor rentabilidad que vas a hacer este año.
- Adelanta media hora cada semana. Si hoy te levantas a las siete y media, la semana que viene a las siete. Luego a las seis y media. Sin heroicidades.
- Decide la noche antes qué vas a hacer por la mañana. Si te levantas sin plan, acabarás mirando el móvil. Deja preparada la ropa de entrenar, el libro, el documento abierto.
- Protege la primera hora. Nada de correo, nada de redes, nada de noticias. Esa hora es tuya. El resto del mundo puede esperar sesenta minutos.
- No te castigues si un día falla. Un día malo no rompe un hábito. Lo rompe abandonarlo.
El trato de este capítulo
¿Te acuerdas del contrato del capítulo 1? Cada capítulo, al menos una acción. Una, no diez.
La de este es muy sencilla:
Esta noche, elige a qué hora te vas a la cama. Y cúmplelo.
No a qué hora te vas a levantar. A qué hora te vas a acostar.
Escríbelo. Pon una alarma para recordártelo. Y cuando suene, aunque estés a mitad de partida, de capítulo o de discusión en internet, deja el móvil fuera de la habitación.
Mañana, cuando te despiertes un poco antes y la casa esté en silencio, quédate cinco minutos quieto y fíjate en cómo se siente.
Esa calma no es un lujo de unos pocos madrugadores raros.
Es la hora del día en la que la gente construye la vida que el resto solo imagina.
Y está disponible para ti mañana a las cinco.
Tu turno. ¿Cuál es tu chinchón? Cuéntamelo en los comentarios, y la hora a la que te vas a acostar esta noche. Prometo no contárselo a tu madre.
El episodio 3 llega pronto.
